Solemnidades y fiestas

LA ENTREGA DE VIDA: UN SERVICIO AL ALTAR

La Iglesia instituyó ya en tiempos antiquísimos algunos ministerios para dar debidamente a Dios el culto sagrado y para el servicio del Pueblo de Dios, según sus necesidades. Con ellos se encomendaba a los fieles, para que los ejercieran, funciones litúrgico-religiosas y de caridad, en conformidad con las diversas circunstancias. Estos ministerios se conferían muchas veces con un rito especial mediante el cual el fiel, una vez obtenida la bendición de Dios, quedaba constituido dentro de una clase o grado para desempeñar una determinada función eclesiástica.

De esta manera, el ministerio del acolitado designa un servicio especial del altar y de asistencia al diácono y al sacerdote en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la Eucaristía. También, el que es instituido acólito deberá distribuir la Sagrada Comunión como un ministro especial cuando los ministros ordinarios no estén disponibles o no puedan por salud delicada, edad o algún otro compromiso del ministerio pastoral o cuando el número de comulgantes sea tan grande que la celebración de la Misa sería prolongada excesivamente. 

En la misma circunstancia extraordinaria, a un acólito se le puede confiar el exponer públicamente el Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles y después guardarlo, pero no bendiciendo a la gente. Él puede también, en la medida necesaria, encargarse de instruir a otros fieles que temporalmente son designados para asistir al sacerdote o diacono en celebraciones litúrgicas ya sea llevando el misal, la cruz, las velas, etc., o cumpliendo con otras funciones. Él cumplirá con estas funciones más dignamente si participa en la Santa Eucaristía con una devoción cada vez más ferviente, se alimente de ella y profundice más su conocimiento.

Siendo elegido de una manera especial para el servicio del altar, el acólito debe aprender todas las cuestiones con respecto a la adoración divina pública y esforzarse para comprender su significado espiritual interno. De esta manera él podrá ofrecerse cada día totalmente a Dios y ser un ejemplo para todos por su formalidad y reverencia ante la Iglesia, además de tener un amor sincero por el Cuerpo Místico de Cristo, el pueblo de Dios, y especialmente por los débiles y enfermos. 

Las funciones que el acólito puede realizar, son de diversa índole y muchos de ellos pueden ser simultáneos. Así pues, conviene repartirlos oportunamente entre varios. Cuando se dispone de un solo acólito, este realizara las funciones más importantes, y las demás se distribuirán entre los ministros. Cabe señalar que de acuerdo a la tradición antigua de la Iglesia, la institución al ministerio del lector y acólito está reservada a los hombres. 

Por tanto, el acólito, destinado de modo particular al servicio del altar, aprende todo aquello que pertenece al culto público divino y trata de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el templo sagrado y además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos.

 

Seminario Conciliar de la Purísima

González Ortega # 10

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Guadalupe, Zac.

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